jueves, 18 de febrero de 2010

ABUNDIO NO SE LLAMABA ASI, PERO GASTO UNA BROMA

Tengo ganas de contar algo, pero como mis neuronas andan un pelín traspuestas, no me veo capaz de imaginarme ninguna historia, así que se me ha ocurrido que podía contar un cuento basado en hechos reales. A ver si este, o acaba en la papelera…..
………………………………. esperad un poco, que estoy pensando
(pasó un rato hasta que al autor le salió de los cojones continuar. Y esto fue lo que dijo)

ABUNDIO NO SE LLAMABA ASI, PERO GASTO UNA BROMA

Aquella noche Abundio quedó con sus amigos para ir a una fiesta de cumpleaños, a casa de otros amigos, que eran pareja. En realidad Abundio no se llamaba así, pero para salvaguardar la identidad del protagonista, se me ha ocurrido ese nombre. Claro que si no os gusta, lo podeis cambiar por Pablo, Javier, Israel, o el que os venga en gana.
Cenaron hamburguesas caseras, con tortilla de patatas casera, y ensalada. La ensalada no, esa era de las que vienen ya hechas en una bolsa. Estaba rico, aunque eso no es lo importante. Los dulces de postre tampoco son tan relevantes, ni la pipa marroquí que primero encendieron usando tabaco con sabor a melocotón. Cuando comprobaron que eso sabia a rallos, y además no colocaba, decidieron ponerle algo distinto. Y entonces sí, fue más relevante, pero tampoco un hecho crucial en esta historia.
Al terminar de cenar, se pusieron a jugar a uno de esos estúpidos juegos de mesa. Este consistía en recibir una palabra escrita en una tarjeta, y dibujarla con tiza en una pizarra, con la pretensión de que el resto de tu equipo averiguara qué palabra era. Están bien esos juegos estúpidos. Te permiten hacer el idiota todo lo que quieras, y reírte mucho, sin pudor alguno, sin temor a que nadie piense que eres idiota, porque todo el mundo sabe que la culpa es del juego, que es estúpido.
Mientras jugaban, bebían calimotxo, que era lo único que tenían para beber. Ya habían acabado con las cervezas. Eso sí, veinte cartones de Cumbre de Gredos, quince botellas de dos litros de cocacola, y dos bolsas de hielo casi enteras, aseguraban provisiones para largo rato.
Se lo pasaron bien esa noche. Para cuando se estaban despidiendo, en el umbral de la casa, ya empezaba a clarear el dia. Fue entonces cuando alguien, no voy a decir el nombre para no tener que devanarme los sesos buscando otro pseudónimo, le dijo a la pareja de anfitriones, que hacia evidentes muestras de querer despedir a la gente para poder irse a dormir:
-Me voy con un gusto raro en la boca. Me pica mogollón.
-A mí también. - contestó la anfitriona.
-Y a mí, pero de la cena no es. - dijo otra amiga, cuyo nombre me ahorro.
Mientras, Abundio se estaba descojonando el sólo, retorciéndose. Las carcajadas eran tan evidentes, que el anfitrión le preguntó:
-¿Y tú, que te ries tanto?¿Qué habrás hecho, cabronazo?
Abundio paro de reírse, trató de ponerse serio, pero como no lo consiguió, tuvo que explicarse así.
-Está bien, jeje. Cada jarra de calimotxo que yo he preparado, llevaba un chorrito de ese tabasco que tienes en la nevera. Unas veces del verde, y otras del rojo. ¿A que está rico así el calimotxo? Es que como no tenias Martini, que es lo suyo……..
Tuvo suerte, de todos modos. No le lincharon. Incluso le llevaron de vuelta a casa en el coche, porque su anfitrión vivía ahora algo lejos del barrio. Eso sí, un par de collejas sí que se llevo. Pero nada grave, y aun hoy Abundio se acuerda de esa anécdota, y cada vez que lo hace, una sonrisa le aflora en el rostro.
Y ya está, ya lo he contao.

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