MI TURNO
La pequeña pantallita emite un pitido. Ochenta y siete. Un tipo repeinado cuyo aspecto mejoraría sin los círculos de sudor en las axilas de su chaqueta, se levanta, se santigua, y entra.
Yo miro mi número. Pronto me tocará. Me faltan tres nada más. Pero la pequeña sala sigue abarrotada. Hace casi tres horas que llegué. No sospechaba que había gente que pasaba aquí la noche para ser de los primeros en coger número. Menos mal que me traje el mp3.
Sale el tipo del traje con manchas de sudor. Tiene los ojos acuosos, parece que se esté aguantando las ganas de llorar. Se va sin decir adiós. Es el turno de un joven impecablemente vestido, con un traje a rayas. Camina muy erguido hasta la puerta.
Un par de canciones después, sale. Está despeinado, con la corbata floja, y marcas de dedos en un moflete. Parece que le han pegado un buen bofetón. Refunfuña algo. “Tiene razón, soy una lombriz”, me ha parecido que murmuraba. Renqueante y encorvado, se marcha.
Se levanta el siguiente, que resulta ser un chaval perteneciente a alguna de esas tribus urbanas. Tiene los brazos llenos de tatuajes, y la cabeza rapada, excepto una cresta de color morado. A juzgar por la cantidad de piercings que tiene en la cara, no creo que fuera capaz de pasar por un detector de metales. Parece un tipo duro y pendenciero. Abre la puerta con fuerza, y entra.
Me apago la música. Soy el siguiente. Repaso mi estrategia. Controlo mi respiración, para relajarme. ”Estoy acostumbrado a estas situaciones”, me digo a mí mismo, aunque en voz alta. Noto que el tipo de al lado me mira, como si estuviera loco, pero no me importa. Yo a lo mío. Soy un funambulista, experto en caminar sobre el alambre de espino que me ha tocado recorrer. Me contemplo las palmas de las manos. No sudan, parezco tranquilo y seguro de mí mismo.
Un portazo, y aparece el de los tatuajes, lamiéndose los nudillos. Se va gritando. “¡Que le den al hijoputa ese! ¡Que haga una boutade, dice! ¿Qué coño será eso? ¡Adiós pringaos!”. Y desaparece, mientras la sala se llena de murmullos.
Mi turno. Me levanto y entro.
-Habrá traído currículum, supongo.
El tipo es gordo, huele un poco a alcohol, y tiene sangre resbalando por uno de sus labios, que se está empezando a hinchar.
miércoles, 8 de junio de 2011
miércoles, 2 de marzo de 2011
QUEJAS MUDAS
QUEJAS MUDAS
Me lo encontré por casualidad, cuando volvía de tomarme unas cervezas. Consciente de que no aguantaría hasta llegar a casa, me paré a orinar contra un árbol del parque. Antes de que me subiera la cremallera, alguien dijo a mi espalda “¡ahí no!”. Al girarme, le vi. Era un tipo muy raro, calvo, y con la cabeza muy grande, en forma de huevo. Apenas tenía dos agujeritos por nariz, pero sus ojos eran enormes y redondos. Vestía una especie de mono a cuadros, con colores muy chillones, que terminaban de darle un aspecto estrafalario. Dio un estornudo, y me asusté un poco al ver que su pecho se comenzaba a ensanchar y contraer de un modo asombrosamente rápido. Su boca comenzó a emanar un denso vapor verde. Dudé entre salir corriendo sin mirar atrás, o dejarme arrastrar por la curiosidad.
-Perdona,- me dijo - es que todavía estoy aclimatándome a vuestra atmósfera.
-¿Cómo dices?- yo ya había decidido que me quedaba.
-El aire de Emporio es parecido al vuestro, pero no exactamente igual. Mis cinco pulmones echan de menos el silicio y el potasio. Pero se acostumbrarán pronto. Además me duele la cabeza, y me caigo de sueño. Creo que tengo jet lag. Claro, un viaje tan largo…
-¿Cinco pulmones, me tomas el pelo? Y eso de Emporio, ¿qué es, una multinacional norteamericana?
-¡Oh, no! Es una luna que orbita Kazike, un gigante gaseoso en el sistema de una estrella llamada Emperatriz, a unas trescientas docenas de años luz de aquí.
-¿Cómo que docenas?
-Sí, es que nosotros usamos el sistema sexagesimal, que nos es más cómodo, porque tenemos seis dedos, mira. - y me enseñó las manos. Efectivamente, tenía seis dedos larguísimos, seguro que sería buen guitarrista si se lo propusiera.
-Y oye, ¿cómo que sabes mi idioma?
-En realidad estamos hablando telepáticamente. Por eso te grité que no orinaras contra el árbol. El pobre árbol estaba protestando “¡aquí no, aquí no!”. Comprendí que tu no le oías, y te transmití sus quejas.
Sonó un zumbido, no sé muy bien de dónde venía, y me dijo:
-Tengo que irme, mi mujer me llama para cenar.
Se formó una extraña burbuja que parecía estar hecha de agua, del tamaño de una naranja, justo en frente de él. La tocó con un dedo, y desapareció, en un estallido de luz y energía.
Me lo encontré por casualidad, cuando volvía de tomarme unas cervezas. Consciente de que no aguantaría hasta llegar a casa, me paré a orinar contra un árbol del parque. Antes de que me subiera la cremallera, alguien dijo a mi espalda “¡ahí no!”. Al girarme, le vi. Era un tipo muy raro, calvo, y con la cabeza muy grande, en forma de huevo. Apenas tenía dos agujeritos por nariz, pero sus ojos eran enormes y redondos. Vestía una especie de mono a cuadros, con colores muy chillones, que terminaban de darle un aspecto estrafalario. Dio un estornudo, y me asusté un poco al ver que su pecho se comenzaba a ensanchar y contraer de un modo asombrosamente rápido. Su boca comenzó a emanar un denso vapor verde. Dudé entre salir corriendo sin mirar atrás, o dejarme arrastrar por la curiosidad.
-Perdona,- me dijo - es que todavía estoy aclimatándome a vuestra atmósfera.
-¿Cómo dices?- yo ya había decidido que me quedaba.
-El aire de Emporio es parecido al vuestro, pero no exactamente igual. Mis cinco pulmones echan de menos el silicio y el potasio. Pero se acostumbrarán pronto. Además me duele la cabeza, y me caigo de sueño. Creo que tengo jet lag. Claro, un viaje tan largo…
-¿Cinco pulmones, me tomas el pelo? Y eso de Emporio, ¿qué es, una multinacional norteamericana?
-¡Oh, no! Es una luna que orbita Kazike, un gigante gaseoso en el sistema de una estrella llamada Emperatriz, a unas trescientas docenas de años luz de aquí.
-¿Cómo que docenas?
-Sí, es que nosotros usamos el sistema sexagesimal, que nos es más cómodo, porque tenemos seis dedos, mira. - y me enseñó las manos. Efectivamente, tenía seis dedos larguísimos, seguro que sería buen guitarrista si se lo propusiera.
-Y oye, ¿cómo que sabes mi idioma?
-En realidad estamos hablando telepáticamente. Por eso te grité que no orinaras contra el árbol. El pobre árbol estaba protestando “¡aquí no, aquí no!”. Comprendí que tu no le oías, y te transmití sus quejas.
Sonó un zumbido, no sé muy bien de dónde venía, y me dijo:
-Tengo que irme, mi mujer me llama para cenar.
Se formó una extraña burbuja que parecía estar hecha de agua, del tamaño de una naranja, justo en frente de él. La tocó con un dedo, y desapareció, en un estallido de luz y energía.
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lunes, 28 de febrero de 2011
EUREKA
EUREKA
Tras diez años de intensa búsqueda, encontré Ciudad Carnal. Resultó que estaba construida bajo el desierto de los Monegros, y por eso me costó tanto averiguar su enclave. Cuando tropecé con un maño en un bar de Calatayud, volcándole la mitad del cubata sobre su estrafalaria camisa a cuadros, descubrí que allí son muy brutos. Después del primer puñetazo, caí al suelo. El dueño del bar, un mafioso dueño de un gran emporio en Aragón, ordenó a sus gorilas que nos echaran a los dos. Tras una dolorosa patada en el culo, comprobé con agrado que el otro había recibido el mismo tratamiento.
Nos habían sacado por la puerta de atrás, que daba a un oscuro y sucio callejón. Miré temeroso al maño. Ahora estaría más cabreado aun, seguro que la tomaba conmigo. Primero pegó un gran estornudo, yo le dije “Lenin”, el me miró sonriendo, y me preguntó “¿no querrás decir Jesús?”. Yo le contesté que creía más en la existencia de Lenin, él se echó a reír y me propuso ir a otro garito a terminar de emborracharnos. Acepté, tras darle las gracias por no seguir pegándome.
Bebimos y charlamos, hasta bien amanecido. Su camisa no dejaba de emanar efluvios del cubata que yo le había tirado encima, lo que me hacía sentir culpable. Me contó que era camionero, y conocía Aragón como la palma de su mano.
Fue ya casi al despedirnos, sentados en un parque con sendos litros de cerveza, cuando, con los ojos casi cerrados, porque nos pegaba el sol en la cara, me habló de mi quimera, esa gran ciudad de vicio y perversión llamada Ciudad Carnal. Le pedí que me llevara al momento, pero él se limitó a escribir en un papel las coordenadas exactas, justo antes de quedarse dormido mientras me aseguraba que no estaba en condiciones de conducir.
Así que le dejé dormir, y cogí un taxi, notando que mi bragueta se empezaba a ensanchar, imaginando que allí usarían el sistema sexagesimal, harían sexámenes, sexplorariones, y todo sería sexquisito.
Maldije mi mala suerte al llegar. Tan sólo era una ciudad llena de Cutrer Kings, McDollars, y algún asador que otro. En la puerta, había un cartel, que me decidió a vomitar primero, y a desistir después, de mi intención de visitar la ciudad:
“Prohibido atravesar esta puerta portando cualquier tipo de vegetal, u otro alimento que no sea carne”.
Tras diez años de intensa búsqueda, encontré Ciudad Carnal. Resultó que estaba construida bajo el desierto de los Monegros, y por eso me costó tanto averiguar su enclave. Cuando tropecé con un maño en un bar de Calatayud, volcándole la mitad del cubata sobre su estrafalaria camisa a cuadros, descubrí que allí son muy brutos. Después del primer puñetazo, caí al suelo. El dueño del bar, un mafioso dueño de un gran emporio en Aragón, ordenó a sus gorilas que nos echaran a los dos. Tras una dolorosa patada en el culo, comprobé con agrado que el otro había recibido el mismo tratamiento.
Nos habían sacado por la puerta de atrás, que daba a un oscuro y sucio callejón. Miré temeroso al maño. Ahora estaría más cabreado aun, seguro que la tomaba conmigo. Primero pegó un gran estornudo, yo le dije “Lenin”, el me miró sonriendo, y me preguntó “¿no querrás decir Jesús?”. Yo le contesté que creía más en la existencia de Lenin, él se echó a reír y me propuso ir a otro garito a terminar de emborracharnos. Acepté, tras darle las gracias por no seguir pegándome.
Bebimos y charlamos, hasta bien amanecido. Su camisa no dejaba de emanar efluvios del cubata que yo le había tirado encima, lo que me hacía sentir culpable. Me contó que era camionero, y conocía Aragón como la palma de su mano.
Fue ya casi al despedirnos, sentados en un parque con sendos litros de cerveza, cuando, con los ojos casi cerrados, porque nos pegaba el sol en la cara, me habló de mi quimera, esa gran ciudad de vicio y perversión llamada Ciudad Carnal. Le pedí que me llevara al momento, pero él se limitó a escribir en un papel las coordenadas exactas, justo antes de quedarse dormido mientras me aseguraba que no estaba en condiciones de conducir.
Así que le dejé dormir, y cogí un taxi, notando que mi bragueta se empezaba a ensanchar, imaginando que allí usarían el sistema sexagesimal, harían sexámenes, sexplorariones, y todo sería sexquisito.
Maldije mi mala suerte al llegar. Tan sólo era una ciudad llena de Cutrer Kings, McDollars, y algún asador que otro. En la puerta, había un cartel, que me decidió a vomitar primero, y a desistir después, de mi intención de visitar la ciudad:
“Prohibido atravesar esta puerta portando cualquier tipo de vegetal, u otro alimento que no sea carne”.
QUE NO Y UN DE QUÉ VAS
QUE NO Y UN DE QUÉ VAS
Tal vez al despertar sienta el ladrido,
es fétido su aliento tras la nuca.
El perro de azul con sangre se educa,
y luego te dirán un yo no he sido.
Quizás, si sigue algo fofo y dormido,
verá su vida tan rota y caduca,
que para el sostén de vino y manduca,
habrá de mendigarse haciendo ruido.
Si intenta conseguir un buen postigo,
ostiazo de la suerte que haga fuerte,
volviendo a sacar el aire del frigo,
incluso sonreirá en el parque al verte,
con ganas de querer ser mal amigo,
más tonto has de ser tú para que acierte.
Tal vez al despertar sienta el ladrido,
es fétido su aliento tras la nuca.
El perro de azul con sangre se educa,
y luego te dirán un yo no he sido.
Quizás, si sigue algo fofo y dormido,
verá su vida tan rota y caduca,
que para el sostén de vino y manduca,
habrá de mendigarse haciendo ruido.
Si intenta conseguir un buen postigo,
ostiazo de la suerte que haga fuerte,
volviendo a sacar el aire del frigo,
incluso sonreirá en el parque al verte,
con ganas de querer ser mal amigo,
más tonto has de ser tú para que acierte.
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miércoles, 1 de diciembre de 2010
EL FALLO
EL FALLO
“Buenos días. Soy un extraterrestre, aunque no puedo demostrarlo. No es un farol. Soy pura energía, así que en modo alguno me mostraré suplicante con ustedes para que crean mis afirmaciones. Me da igual si no saben distinguir un perturbado mental de un auténtico viajero interestelar. Lo cierto es que nací dentro de una estrella, situada a no menos de dos mil años luz de su planeta. Sus científicos se equivocan al afirmar conocer los procesos que tienen lugar en el núcleo de una estrella. Para que sus poco evolucionadas mentes puedan comprender esto, les pondré una metáfora:
Las estrellas son como un puchero, donde se cuecen diferentes cosas, entre ellas, los seres como yo. Aunque ustedes conocen los condimentos empleados, ignoran el guiso resultante, y los complicados mecanismos mediante los cuales mi raza nace. Podríamos decir que el parto se produce en el momento en que la estrella colapsa y explosiona, lanzando al espacio diferentes cosas, entre ellas a mi raza. Estuve viajando casi a la velocidad de la luz durante mucho tiempo, tanto que resulta inconcebible para la mente humana. Fue por casualidad que llegué a su planeta, disuelto entre rayos de sol. Fui a caer en un parque. Era de noche, y el único ente vivo que encontré resultó ser la persona a la que ustedes están juzgando, Javi Olador, presunto autor de catorce violaciones y doce asesinatos, todos ellos producidos en el pueblo de Móstoles. No tuve más remedio que colarme a través de su occipucio, para sobrevivir. La atmósfera de su planeta me hubiera descompuesto en pocos minutos. Después dejé que mi huésped me guiara hasta su casa, donde hora y media después me detuvo la policía.
Así pues, señoría, me declaro inocente, al no ser la persona que ustedes creen, pues de hecho, ni siquiera soy una persona. He dicho.”
La sala quedó en silencio. Todos los ojos estaban fijos en el acusado, llenos de asombro e incredulidad. Alguien dijo, entre risas, “¡qué morro!”. Se escucharon más risas y cuchicheos, hasta que el juez pegó un martillazo y reclamó silencio en la sala. Dijo su veredicto, “culpable”, y volvió a dar un martillazo. En ese momento, mientras la mirada de Javi Olador cambiaba, y preguntaba “¿dónde estoy?”, el juez sintió algo extraño en la nuca, y comprendió que su fallo era un error, justo antes de perder la consciencia.
“Buenos días. Soy un extraterrestre, aunque no puedo demostrarlo. No es un farol. Soy pura energía, así que en modo alguno me mostraré suplicante con ustedes para que crean mis afirmaciones. Me da igual si no saben distinguir un perturbado mental de un auténtico viajero interestelar. Lo cierto es que nací dentro de una estrella, situada a no menos de dos mil años luz de su planeta. Sus científicos se equivocan al afirmar conocer los procesos que tienen lugar en el núcleo de una estrella. Para que sus poco evolucionadas mentes puedan comprender esto, les pondré una metáfora:
Las estrellas son como un puchero, donde se cuecen diferentes cosas, entre ellas, los seres como yo. Aunque ustedes conocen los condimentos empleados, ignoran el guiso resultante, y los complicados mecanismos mediante los cuales mi raza nace. Podríamos decir que el parto se produce en el momento en que la estrella colapsa y explosiona, lanzando al espacio diferentes cosas, entre ellas a mi raza. Estuve viajando casi a la velocidad de la luz durante mucho tiempo, tanto que resulta inconcebible para la mente humana. Fue por casualidad que llegué a su planeta, disuelto entre rayos de sol. Fui a caer en un parque. Era de noche, y el único ente vivo que encontré resultó ser la persona a la que ustedes están juzgando, Javi Olador, presunto autor de catorce violaciones y doce asesinatos, todos ellos producidos en el pueblo de Móstoles. No tuve más remedio que colarme a través de su occipucio, para sobrevivir. La atmósfera de su planeta me hubiera descompuesto en pocos minutos. Después dejé que mi huésped me guiara hasta su casa, donde hora y media después me detuvo la policía.
Así pues, señoría, me declaro inocente, al no ser la persona que ustedes creen, pues de hecho, ni siquiera soy una persona. He dicho.”
La sala quedó en silencio. Todos los ojos estaban fijos en el acusado, llenos de asombro e incredulidad. Alguien dijo, entre risas, “¡qué morro!”. Se escucharon más risas y cuchicheos, hasta que el juez pegó un martillazo y reclamó silencio en la sala. Dijo su veredicto, “culpable”, y volvió a dar un martillazo. En ese momento, mientras la mirada de Javi Olador cambiaba, y preguntaba “¿dónde estoy?”, el juez sintió algo extraño en la nuca, y comprendió que su fallo era un error, justo antes de perder la consciencia.
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lunes, 29 de noviembre de 2010
PARDILLO PIERDE
PARDILLO PIERDE
Tras marcarse un farol que no coló, McMeiniac perdió todas sus pertenencias, que quedaron expuestas a los ojillos de buitre del gordo, cuyo sudor empapaba su camisa y enrarecía el ambiente más que el puro a medio fumar que sujetaba entre sus dedos de morcilla. Los demás miraban, sin decir nada, casi sin respirar, escudriñando alternativamente los rostros de los contendientes, tratando de adivinar sus cartas. Todos sabían que McMeiniac era un pardillo, con su aspecto de niño bien criado en colegio inglés. Su papá tenía mucho dinero, así que era presa fácil. El gordo, mejor que nadie, sabía distinguir a las personas. Se decía que para poder jugar con el gordo en igualdad de condiciones, lo mejor era ponerse una máscara y gafas de sol, para que no pudiera leerte el pensamiento con sólo mirarte.
Las llaves del Audi quedaron sobre el tapete verde. Y el Rólex de oro. Y el gran fajo de billetes de cien euros. Incluso los casi tres gramos de cocaína que había comprado por la tarde. Ahora todo era del gordo, que sonreía, pero no decía nada. Fue MacMeiniac quien habló. Parecía a punto de ponerse a hacer pucheros.
-Por favor, Gordo, déjame una revancha. - su tono era suplicante.
-Por mí muy bien, pero otro día. No sé qué más podrías perder hoy. Supongo que podrías apostar tu traje italiano y tus zapatos, pero ya imaginarás que nada de eso es de mi talla. Vuelve cuando quieras, por aquí me encontrarás.
-Puedo ir al cajero. Tardo poco. Y echamos otra partida.
-Mira, MacMeiniac, pronto amanecerá. Llevamos toda la noche jugando. Estoy cansado y borracho, y necesito dormir. No quiero jugar más. Has perdido todo, y la partida se ha acabado. Vuelve otro día y echamos la revancha.
Pero el joven ha cambiado su tono de súplica por una voz chillona. Está furioso.
-No me jodas, Gordo. Tengo derecho a …
-¡Calla! - le dice uno de los espectadores, un tipo alto y fuerte, al que MacMeiniac no había prestado atención, desconociendo que era el matón del gordo. Le está apretando contra la nuca una pistola que ha sacado del bolsillo. - Es pequeña, de poco calibre, pero te aseguro que a esta distancia, tu occipucio va a desayunar plomo a palo seco, sin condimentos. Mejor calla y vete.
Todos miraron el culo de McMeiniac mientras desaparecía. Se había cagado.
Tras marcarse un farol que no coló, McMeiniac perdió todas sus pertenencias, que quedaron expuestas a los ojillos de buitre del gordo, cuyo sudor empapaba su camisa y enrarecía el ambiente más que el puro a medio fumar que sujetaba entre sus dedos de morcilla. Los demás miraban, sin decir nada, casi sin respirar, escudriñando alternativamente los rostros de los contendientes, tratando de adivinar sus cartas. Todos sabían que McMeiniac era un pardillo, con su aspecto de niño bien criado en colegio inglés. Su papá tenía mucho dinero, así que era presa fácil. El gordo, mejor que nadie, sabía distinguir a las personas. Se decía que para poder jugar con el gordo en igualdad de condiciones, lo mejor era ponerse una máscara y gafas de sol, para que no pudiera leerte el pensamiento con sólo mirarte.
Las llaves del Audi quedaron sobre el tapete verde. Y el Rólex de oro. Y el gran fajo de billetes de cien euros. Incluso los casi tres gramos de cocaína que había comprado por la tarde. Ahora todo era del gordo, que sonreía, pero no decía nada. Fue MacMeiniac quien habló. Parecía a punto de ponerse a hacer pucheros.
-Por favor, Gordo, déjame una revancha. - su tono era suplicante.
-Por mí muy bien, pero otro día. No sé qué más podrías perder hoy. Supongo que podrías apostar tu traje italiano y tus zapatos, pero ya imaginarás que nada de eso es de mi talla. Vuelve cuando quieras, por aquí me encontrarás.
-Puedo ir al cajero. Tardo poco. Y echamos otra partida.
-Mira, MacMeiniac, pronto amanecerá. Llevamos toda la noche jugando. Estoy cansado y borracho, y necesito dormir. No quiero jugar más. Has perdido todo, y la partida se ha acabado. Vuelve otro día y echamos la revancha.
Pero el joven ha cambiado su tono de súplica por una voz chillona. Está furioso.
-No me jodas, Gordo. Tengo derecho a …
-¡Calla! - le dice uno de los espectadores, un tipo alto y fuerte, al que MacMeiniac no había prestado atención, desconociendo que era el matón del gordo. Le está apretando contra la nuca una pistola que ha sacado del bolsillo. - Es pequeña, de poco calibre, pero te aseguro que a esta distancia, tu occipucio va a desayunar plomo a palo seco, sin condimentos. Mejor calla y vete.
Todos miraron el culo de McMeiniac mientras desaparecía. Se había cagado.
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miércoles, 17 de noviembre de 2010
CENA PELÍN TARDÍA
-Oye, Verónica, ¿no deberíamos haber escuchado ya que es la hora de la cena?
-Es que están rehabilitando el campanario, que se caía a cachos. Es lo que tienen los monumentos, que son muy viejos.
-Ummm, tu culo sí que es un monumento, ponlo acá que te lo arreglo. - le señalo mis rodillas. Se sienta.
-¿Estás cómodo, o te aplasto?
-Creo que las dos cosas. Seguramente dentro de unos minutos más bien la segunda. Pero quería gozar del contacto de tus prietas nalgas, cual jardinero comprobando que su flor preferida luce brillante y jugosa. - como se ha levantado, le pego un suave mordisco en una de sus nalgas. - ¡Ñaaaaammm!
-Quieto, tigre. Tranqui, eso luego. Tengo hambre, mejor cenamos, ¿no? Antes de que continúes con tus parrafadas líricas. ¡Brasas te pones, ostias!
-Anda, deslenguada, sí sé que te gustan…
-Por supuesto, majestad. - y me hace una exagerada reverencia. - va hacia la ventana, se asoma, mirando al cielo. Se queda ahí parada, sin decir nada.
-Bueno, ¿qué, va a llover o no? - está quieta, y no contesta. - ¿Oye? ¿Cariño, sigues ahí?
Por fin se da la vuelta. Su cara refleja un profundo asombro. Intenta decirme algo, pero es incapaz. De su boca solo salen balbuceos .
-¿Qué pasa, Verónica, has visto un burro volando? ¿A la Virgen? - sigue emitiendo ruidos inconexos que no consigo descifrar, mientras señala la ventana. - Tienes pinta de haber tenido una revelación. Patidifusa.
Me acerco a la ventana, intrigado. Hay una nave espacial flotando encima del parque de enfrente de casa. Miro a mi mujer, y ella me hace un gesto de asentimiento. Por lo visto, todavía no ha recobrado la capacidad del habla. Vuelvo a mirar, y veo a dos seres grises y cabezones bajando al suelo desde la nave, a través de un halo de luz azul. Cuando llegan abajo, el haz desaparece.
Más tarde, mientras mi mujer y yo nos abrazábamos mutuamente, llaman a la puerta. Son los dos seres. Uno de ellos trae una revista en la mano. Creo que es el Diez Canutos. Se nos quedan mirando fijamente. Luego miran en la revista, y empiezan a gruñir. Creo que están hablando. Uno de ellos, increíblemente, nos dice:
-Sois demasiado feos. No os abducimos.
Y se van. Suspiramos, mitad aliviados, mitad contrariados.
-¡Nos han llamado feos, ellos!
-Anda, vamos a cenar.
-Oye, Verónica, ¿no deberíamos haber escuchado ya que es la hora de la cena?
-Es que están rehabilitando el campanario, que se caía a cachos. Es lo que tienen los monumentos, que son muy viejos.
-Ummm, tu culo sí que es un monumento, ponlo acá que te lo arreglo. - le señalo mis rodillas. Se sienta.
-¿Estás cómodo, o te aplasto?
-Creo que las dos cosas. Seguramente dentro de unos minutos más bien la segunda. Pero quería gozar del contacto de tus prietas nalgas, cual jardinero comprobando que su flor preferida luce brillante y jugosa. - como se ha levantado, le pego un suave mordisco en una de sus nalgas. - ¡Ñaaaaammm!
-Quieto, tigre. Tranqui, eso luego. Tengo hambre, mejor cenamos, ¿no? Antes de que continúes con tus parrafadas líricas. ¡Brasas te pones, ostias!
-Anda, deslenguada, sí sé que te gustan…
-Por supuesto, majestad. - y me hace una exagerada reverencia. - va hacia la ventana, se asoma, mirando al cielo. Se queda ahí parada, sin decir nada.
-Bueno, ¿qué, va a llover o no? - está quieta, y no contesta. - ¿Oye? ¿Cariño, sigues ahí?
Por fin se da la vuelta. Su cara refleja un profundo asombro. Intenta decirme algo, pero es incapaz. De su boca solo salen balbuceos .
-¿Qué pasa, Verónica, has visto un burro volando? ¿A la Virgen? - sigue emitiendo ruidos inconexos que no consigo descifrar, mientras señala la ventana. - Tienes pinta de haber tenido una revelación. Patidifusa.
Me acerco a la ventana, intrigado. Hay una nave espacial flotando encima del parque de enfrente de casa. Miro a mi mujer, y ella me hace un gesto de asentimiento. Por lo visto, todavía no ha recobrado la capacidad del habla. Vuelvo a mirar, y veo a dos seres grises y cabezones bajando al suelo desde la nave, a través de un halo de luz azul. Cuando llegan abajo, el haz desaparece.
Más tarde, mientras mi mujer y yo nos abrazábamos mutuamente, llaman a la puerta. Son los dos seres. Uno de ellos trae una revista en la mano. Creo que es el Diez Canutos. Se nos quedan mirando fijamente. Luego miran en la revista, y empiezan a gruñir. Creo que están hablando. Uno de ellos, increíblemente, nos dice:
-Sois demasiado feos. No os abducimos.
Y se van. Suspiramos, mitad aliviados, mitad contrariados.
-¡Nos han llamado feos, ellos!
-Anda, vamos a cenar.
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jueves, 28 de octubre de 2010
FELIZ RETIRO
FELIZ RETIRO
Le visito porque disfruto, me lo paso bien con el viejo. Me da pena, siempre está muy sólo, y además, desde que cayó con Moriarty por el acantilado, se quedó sordo, y ya no se entera de nada. Nosotros hablamos con una pizarra, y en inglés, porque como es sordo, no ha logrado aprender el castellano. Me dijo que un detective privado que estuviera privado de uno de sus seis sentidos ya no podía ser un buen detective, así que recogió su violín y las drogas que guardaba en Baker street, despidió a la bondadosa mis Hudson, que lloró mucho y no dejó de repetir “son muchos años de servicio, para que me lo pague así, mal nacido”. Afortunadamente, como el señor Holmes estaba sordo, no se ofendió y le dio un abrazo, momento en el que mis Hudson aprovechó para tratar de clavarle un abrecartas. Pero falló, porque además de producirle la sordera, la caída por el acantilado le rompió muchas costillas, y se las habían cambiado por unas de aleación de titanio. El abrecartas quedó hecho un churro en el suelo, y Sherlock ni siquiera se enteró, pensó que le había picado un mosquito. Al final mis Hudson se fue muy enfadada, pero sin vengarse. Y el señor Holmes se quedó pensativo, paseando por la casa, despidiéndose de ella, y decidiendo si avisaba a Watson. Probablemente su viejo amigo trataría de convencerle para que se quedara, y resolviera alguno de los casos que el inspector Lestrade les consultara. Pero estaba sordo, le dolía mucho la espalda, y sentía cierta congoja por la muerte de su némesis, Moriarty. Ya nunca nada podría ser igual.
Decidió no decirle nada a Watson. Ya le mandaría una postal desde el asilo donde pensaba pasar sus últimos años de vida, resolviendo pequeños casos, como quién ha robado el mando de la tele, quién se ha comido un peón del ajedrez, o quién se ha cagado encima. Sí, viviría bien, en un lugar tranquilo y soleado del sur de España. Cuando estuviera aclimatado, tiempo tendría de proponerle a Watson una visita. Quizás incluso decidiera jubilarse y venirse a vivir con él, para ayudarle en sus mundanas pesquisas.
Y así vino a este pueblo, donde no pasa gran cosa. Le conocí en uno de los paseos que el geriatra les organiza, y en seguida me cayó simpático. Cuando me dijo su nombre, mi primera reacción fue pedirle un autógrafo. He leído todas sus aventuras, y también las he visto en una serie que echaban por la tele. Eso a él le hizo gracia, y haciéndome un guiño, me dijo que no se lo contara a nadie, que todo el mundo pensaba que se llamaba Cherlock Fones. Era por seguridad, pues no estaba seguro de que la banda de Moriarty no quisiera vengarse.
Nos hemos ido conociendo, cada vez mejor, y a estas alturas puedo decir que Watson no contó ni la mitad de las peripecias por las que en realidad pasó el señor Holmes. Pero sí que logró describir a la perfección su poderosa inteligencia. A pesar de estar privado de uno de sus sentidos, los demás siguen estando tan asombrosamente agudizados que siempre adivina donde he estado, incluso con quién. Me dice lo que he estado haciendo, y hasta la marca de tabaco que he fumado. He probado a cambiarme de ropa justo antes de ir a visitarle, pero da igual, él sigue regocijándose diciéndome lo que he estado haciendo antes de venir a verle.
Y creo que ya os dejo. El celador acaba de abrir las puertas. Es la hora de las visitas. Voy a ver qué me cuenta ese viejo zorro.
Le visito porque disfruto, me lo paso bien con el viejo. Me da pena, siempre está muy sólo, y además, desde que cayó con Moriarty por el acantilado, se quedó sordo, y ya no se entera de nada. Nosotros hablamos con una pizarra, y en inglés, porque como es sordo, no ha logrado aprender el castellano. Me dijo que un detective privado que estuviera privado de uno de sus seis sentidos ya no podía ser un buen detective, así que recogió su violín y las drogas que guardaba en Baker street, despidió a la bondadosa mis Hudson, que lloró mucho y no dejó de repetir “son muchos años de servicio, para que me lo pague así, mal nacido”. Afortunadamente, como el señor Holmes estaba sordo, no se ofendió y le dio un abrazo, momento en el que mis Hudson aprovechó para tratar de clavarle un abrecartas. Pero falló, porque además de producirle la sordera, la caída por el acantilado le rompió muchas costillas, y se las habían cambiado por unas de aleación de titanio. El abrecartas quedó hecho un churro en el suelo, y Sherlock ni siquiera se enteró, pensó que le había picado un mosquito. Al final mis Hudson se fue muy enfadada, pero sin vengarse. Y el señor Holmes se quedó pensativo, paseando por la casa, despidiéndose de ella, y decidiendo si avisaba a Watson. Probablemente su viejo amigo trataría de convencerle para que se quedara, y resolviera alguno de los casos que el inspector Lestrade les consultara. Pero estaba sordo, le dolía mucho la espalda, y sentía cierta congoja por la muerte de su némesis, Moriarty. Ya nunca nada podría ser igual.
Decidió no decirle nada a Watson. Ya le mandaría una postal desde el asilo donde pensaba pasar sus últimos años de vida, resolviendo pequeños casos, como quién ha robado el mando de la tele, quién se ha comido un peón del ajedrez, o quién se ha cagado encima. Sí, viviría bien, en un lugar tranquilo y soleado del sur de España. Cuando estuviera aclimatado, tiempo tendría de proponerle a Watson una visita. Quizás incluso decidiera jubilarse y venirse a vivir con él, para ayudarle en sus mundanas pesquisas.
Y así vino a este pueblo, donde no pasa gran cosa. Le conocí en uno de los paseos que el geriatra les organiza, y en seguida me cayó simpático. Cuando me dijo su nombre, mi primera reacción fue pedirle un autógrafo. He leído todas sus aventuras, y también las he visto en una serie que echaban por la tele. Eso a él le hizo gracia, y haciéndome un guiño, me dijo que no se lo contara a nadie, que todo el mundo pensaba que se llamaba Cherlock Fones. Era por seguridad, pues no estaba seguro de que la banda de Moriarty no quisiera vengarse.
Nos hemos ido conociendo, cada vez mejor, y a estas alturas puedo decir que Watson no contó ni la mitad de las peripecias por las que en realidad pasó el señor Holmes. Pero sí que logró describir a la perfección su poderosa inteligencia. A pesar de estar privado de uno de sus sentidos, los demás siguen estando tan asombrosamente agudizados que siempre adivina donde he estado, incluso con quién. Me dice lo que he estado haciendo, y hasta la marca de tabaco que he fumado. He probado a cambiarme de ropa justo antes de ir a visitarle, pero da igual, él sigue regocijándose diciéndome lo que he estado haciendo antes de venir a verle.
Y creo que ya os dejo. El celador acaba de abrir las puertas. Es la hora de las visitas. Voy a ver qué me cuenta ese viejo zorro.
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martes, 26 de octubre de 2010
HABLAR CON LOS MUERTOS
HABLAR CON LOS MUERTOS
Los encontró el encargado de la casa rural, al día siguiente. Estaban los cuatro muertos, alrededor de la mesa, donde podía verse una tabla güija. Supo que estaban muertos porque probó a poner un espejo junto a la cara de cada uno de los jóvenes. Por supuesto, llamó a la policía, que tardó seis horas en llegar, tiempo que el encargado aprovechó para rebuscar entre las cosas de los difuntos, hasta que por fin encontró las setas alucinógenas que les había vendido, cuatro pequeñas dosis, suficientes para ayudarles en la sesión espiritista que iban a llevar a cabo. Comprobó que estaban todas, no las habían tomado. Se preguntaba qué habría pasado. Pero sólo podía esperar, así que puso a buen recaudo las setas y continuó con la limpieza del resto de las instalaciones.
La policía llegó, investigó, y sólo sacó en claro que los muertos eran cuatro jóvenes, dos hombres y dos mujeres, que habían estado haciendo espiritismo con la tabla güija, que no había signos de violencia, ni rastro de que hubieran consumido drogas, ni nada que pudiera explicar las muertes. El único y curioso detalle que encontraron fue que los cuatro murieron tapándose las orejas con las manos, como si hubiera algo que no quisieran oír. Más tarde, el informe forense concluiría que no había motivo aparente para ninguna de esas cuatro muertes. El caso quedó abierto unos meses, pero nadie investigó nada porque no había ninguna pista que investigar. Cuando acumuló el polvo suficiente, el expediente fue archivado y el caso se cerró. A día de hoy, sólo los cuatro jóvenes muertos y yo, que estoy contando esto, sabemos qué pasó realmente aquella noche de todos los santos del año 2010, en una pequeña cabaña alquilada para pasar dos noches. Pero los muertos no pueden contarnos nada, ¿o sí? En cualquier caso, no os preocupéis, ya os lo cuento yo.
En realidad, todo fue una idea de Tomás, el más mayor de los cuatro. Su primo le había hablado de lo bien que se lo pasó en una casa rural que había en pleno monte. Había cabañas para alquilar, el precio era razonable, y el entorno magnífico. Tomás pensó que sería genial pasar la noche de todos los santos en una cabaña de esas, y probar de una vez la tabla güija que había comprado en una tienda de antigüedades hacía ya unos meses. Estaba deseando probarla, y tratar de hablar con su abuela. No es que creyera mucho en esas cosas, pero podía resultar divertido, y había leído en internet que el mejor momento para hablar con los muertos era la noche de todos los santos, preferentemente en un lugar apartado y poco concurrido, para que la comunicación resultara más fácil.
Tomás convenció en seguida a Pili, su novia. Y Pili se lo contó a Soraya, que era su mejor amiga. Esta invitó a su novio, y así se juntaron los cuatro. De este modo el alquiler de la cabaña les resultaría más barato, y las posibilidades de diversión aumentarían.
Cuando llegaron, mientras el encargado tomaba los datos de uno de ellos y sacaba fotocopia de su documentación, Tomás le contó que pensaban hacer una sesión de espiritismo. El encargado no se extrañó. No era el primer grupo de jóvenes que pasaba allí la primera noche de noviembre con esas intenciones. De modo que les ofreció unas setas que cultivaba en su sótano. Las conocía bien, y sabía que mucha gente pensaba que eran necesarias para poder hablar con los muertos. Abrían la puerta de la percepción extrasensorial, y potenciaban el diálogo con otros mundos.
Tomás las compró, convencido de que el encargado tenía razón, porque él también había leído sobre eso. Pero en el último momento, cuando faltaba media hora para la medianoche y estaban ultimando los preparativos, Pili dijo que le daba miedo comerse las setas, que sería mejor que se las devolvieran al día siguiente al encargado. Sólo Tomás insistió en que eran necesarias. Pero Soraya se puso de parte de su amiga, y su novio, del que se decía que era bastante calzonazos, apoyó a ambas, renunciando a probar las setas. De modo que ninguno de ellos se las comió, pero cuando el reloj anunció la medianoche, encendieron las velas, apagaron las luces, y comenzaron la sesión.
Al principio no pasó nada, y hubo risillas, aunque Tomás les regañó y les dijo que se lo tomaran en serio, porque así seguro que no funcionaría. Pero al cabo de un ratillo, todos pudieron sentir un viento helado atravesando la habitación, cosa que tenía que ser sobrenatural, porque todas las ventanas de la cabaña estaban bien cerradas. Las llamas de las velas hicieron un par de amagos de apagarse, torcidas por el extraño y gélido viento. Y entonces, los pelos de los cuatro jóvenes terminaron de erizarse, al notar que el puntero de la tabla güija se movía sólo. Aunque acojonados, los jóvenes no dejaron de seguir con la vista el puntero, cantando las letras según iban siendo señaladas.
-Hola, ¿qué tal estáis? - dijo la tabla, con gran lentitud - yo me llamo Torrebruno, seguro que me conocéis. ¿Os canto algunas canciones? Pero no así, moviendo un puntero y señalando letras.
De pronto, una radio que había junto a la mesa donde estaban sentados, se encendió sola, y a través de ella pudieron escuchar la voz del muerto.
-Como os dije, me llamo Torrebruno, y mi ilusión es cantar. - el volumen de la radio estaba a tope, era ensordecedor - ¡Tigres, leones, todos quieren ser los campeones! - empezó a cantar.
Al principio, los cuatro jóvenes se quedaron pasmados escuchando, sin dar crédito. Tras tres o cuatro canciones, empezaron a cansarse, y trataron de apagar la radio. Pero la radio no se apagaba, no había modo. Trataron de encender las luces. Pero no pudieron encenderse. Tras dos horas y veinticuatro canciones, algunas repetidas, intentaron escapar de la cabaña, pero no consiguieron abrir ni la puerta ni las ventanas. Estaban encerrados.
Acabaron falleciendo los cuatro, brutalmente torturados por la voz de Torrebruno, que se mostró cruel e implacable, cantando incesantemente a través de la vieja radio, que sólo se apagó cuando los jóvenes ya estaban evidentemente muertos.
Y es que hay cosas con las que es mejor no jugar. Por si acaso.
Los encontró el encargado de la casa rural, al día siguiente. Estaban los cuatro muertos, alrededor de la mesa, donde podía verse una tabla güija. Supo que estaban muertos porque probó a poner un espejo junto a la cara de cada uno de los jóvenes. Por supuesto, llamó a la policía, que tardó seis horas en llegar, tiempo que el encargado aprovechó para rebuscar entre las cosas de los difuntos, hasta que por fin encontró las setas alucinógenas que les había vendido, cuatro pequeñas dosis, suficientes para ayudarles en la sesión espiritista que iban a llevar a cabo. Comprobó que estaban todas, no las habían tomado. Se preguntaba qué habría pasado. Pero sólo podía esperar, así que puso a buen recaudo las setas y continuó con la limpieza del resto de las instalaciones.
La policía llegó, investigó, y sólo sacó en claro que los muertos eran cuatro jóvenes, dos hombres y dos mujeres, que habían estado haciendo espiritismo con la tabla güija, que no había signos de violencia, ni rastro de que hubieran consumido drogas, ni nada que pudiera explicar las muertes. El único y curioso detalle que encontraron fue que los cuatro murieron tapándose las orejas con las manos, como si hubiera algo que no quisieran oír. Más tarde, el informe forense concluiría que no había motivo aparente para ninguna de esas cuatro muertes. El caso quedó abierto unos meses, pero nadie investigó nada porque no había ninguna pista que investigar. Cuando acumuló el polvo suficiente, el expediente fue archivado y el caso se cerró. A día de hoy, sólo los cuatro jóvenes muertos y yo, que estoy contando esto, sabemos qué pasó realmente aquella noche de todos los santos del año 2010, en una pequeña cabaña alquilada para pasar dos noches. Pero los muertos no pueden contarnos nada, ¿o sí? En cualquier caso, no os preocupéis, ya os lo cuento yo.
En realidad, todo fue una idea de Tomás, el más mayor de los cuatro. Su primo le había hablado de lo bien que se lo pasó en una casa rural que había en pleno monte. Había cabañas para alquilar, el precio era razonable, y el entorno magnífico. Tomás pensó que sería genial pasar la noche de todos los santos en una cabaña de esas, y probar de una vez la tabla güija que había comprado en una tienda de antigüedades hacía ya unos meses. Estaba deseando probarla, y tratar de hablar con su abuela. No es que creyera mucho en esas cosas, pero podía resultar divertido, y había leído en internet que el mejor momento para hablar con los muertos era la noche de todos los santos, preferentemente en un lugar apartado y poco concurrido, para que la comunicación resultara más fácil.
Tomás convenció en seguida a Pili, su novia. Y Pili se lo contó a Soraya, que era su mejor amiga. Esta invitó a su novio, y así se juntaron los cuatro. De este modo el alquiler de la cabaña les resultaría más barato, y las posibilidades de diversión aumentarían.
Cuando llegaron, mientras el encargado tomaba los datos de uno de ellos y sacaba fotocopia de su documentación, Tomás le contó que pensaban hacer una sesión de espiritismo. El encargado no se extrañó. No era el primer grupo de jóvenes que pasaba allí la primera noche de noviembre con esas intenciones. De modo que les ofreció unas setas que cultivaba en su sótano. Las conocía bien, y sabía que mucha gente pensaba que eran necesarias para poder hablar con los muertos. Abrían la puerta de la percepción extrasensorial, y potenciaban el diálogo con otros mundos.
Tomás las compró, convencido de que el encargado tenía razón, porque él también había leído sobre eso. Pero en el último momento, cuando faltaba media hora para la medianoche y estaban ultimando los preparativos, Pili dijo que le daba miedo comerse las setas, que sería mejor que se las devolvieran al día siguiente al encargado. Sólo Tomás insistió en que eran necesarias. Pero Soraya se puso de parte de su amiga, y su novio, del que se decía que era bastante calzonazos, apoyó a ambas, renunciando a probar las setas. De modo que ninguno de ellos se las comió, pero cuando el reloj anunció la medianoche, encendieron las velas, apagaron las luces, y comenzaron la sesión.
Al principio no pasó nada, y hubo risillas, aunque Tomás les regañó y les dijo que se lo tomaran en serio, porque así seguro que no funcionaría. Pero al cabo de un ratillo, todos pudieron sentir un viento helado atravesando la habitación, cosa que tenía que ser sobrenatural, porque todas las ventanas de la cabaña estaban bien cerradas. Las llamas de las velas hicieron un par de amagos de apagarse, torcidas por el extraño y gélido viento. Y entonces, los pelos de los cuatro jóvenes terminaron de erizarse, al notar que el puntero de la tabla güija se movía sólo. Aunque acojonados, los jóvenes no dejaron de seguir con la vista el puntero, cantando las letras según iban siendo señaladas.
-Hola, ¿qué tal estáis? - dijo la tabla, con gran lentitud - yo me llamo Torrebruno, seguro que me conocéis. ¿Os canto algunas canciones? Pero no así, moviendo un puntero y señalando letras.
De pronto, una radio que había junto a la mesa donde estaban sentados, se encendió sola, y a través de ella pudieron escuchar la voz del muerto.
-Como os dije, me llamo Torrebruno, y mi ilusión es cantar. - el volumen de la radio estaba a tope, era ensordecedor - ¡Tigres, leones, todos quieren ser los campeones! - empezó a cantar.
Al principio, los cuatro jóvenes se quedaron pasmados escuchando, sin dar crédito. Tras tres o cuatro canciones, empezaron a cansarse, y trataron de apagar la radio. Pero la radio no se apagaba, no había modo. Trataron de encender las luces. Pero no pudieron encenderse. Tras dos horas y veinticuatro canciones, algunas repetidas, intentaron escapar de la cabaña, pero no consiguieron abrir ni la puerta ni las ventanas. Estaban encerrados.
Acabaron falleciendo los cuatro, brutalmente torturados por la voz de Torrebruno, que se mostró cruel e implacable, cantando incesantemente a través de la vieja radio, que sólo se apagó cuando los jóvenes ya estaban evidentemente muertos.
Y es que hay cosas con las que es mejor no jugar. Por si acaso.
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domingo, 3 de octubre de 2010
DECIMA A OTRO OTOÑO (OTROÑO)
DECIMA A OTRO OTOÑO (OTROÑO)
Respiro el otoño enfermo
desde el vientre de un verano
que ya es de segunda mano,
tan caliente como un termo.
Tan caliente pero yermo,
sepultado entre el escombro,
de unos sueños que no nombro,
por no mostrar más herrumbre
ni hacer del llanto costumbre.
Mucha carga quiebra el hombro.
Respiro el otoño enfermo
desde el vientre de un verano
que ya es de segunda mano,
tan caliente como un termo.
Tan caliente pero yermo,
sepultado entre el escombro,
de unos sueños que no nombro,
por no mostrar más herrumbre
ni hacer del llanto costumbre.
Mucha carga quiebra el hombro.
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viernes, 1 de octubre de 2010
CON SU BAREMO, IGUAL ME QUEMO
CON SU BAREMO, IGUAL ME QUEMO
No sé si no alzaré protesta en vano,
tal vez el fallo ya dio su mal juicio,
esclavo y defensor de todo vicio,
de ateo en herejía, un marrano.
Dirán de cada verso que es malsano,
hablando de diarreas de orificio,
sacando cada puerta de su quicio,
ladrillos tapiarán y están a mano.
Si me condenan por ser un hereje,
mi lengua tan soez y repelente
que bien merecerá tener castigo,
no voy a ser yo quien huya y se aleje,
pues lo cortés no quita lo caliente,
y siempre seguiré hablando a un amigo,
a mí mismo con mi estrambote.
Yo aunque perro, también amo,
mas no uso burdos reclamos,
ni me pongo el traje ` zopilote.
No sé si no alzaré protesta en vano,
tal vez el fallo ya dio su mal juicio,
esclavo y defensor de todo vicio,
de ateo en herejía, un marrano.
Dirán de cada verso que es malsano,
hablando de diarreas de orificio,
sacando cada puerta de su quicio,
ladrillos tapiarán y están a mano.
Si me condenan por ser un hereje,
mi lengua tan soez y repelente
que bien merecerá tener castigo,
no voy a ser yo quien huya y se aleje,
pues lo cortés no quita lo caliente,
y siempre seguiré hablando a un amigo,
a mí mismo con mi estrambote.
Yo aunque perro, también amo,
mas no uso burdos reclamos,
ni me pongo el traje ` zopilote.
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martes, 28 de septiembre de 2010
ANONIMO ODIADOR
A ese anónimo detractor
que no quiere dar la cara,
le agradezco su labor,
y no es que esté majara,
por mostrarme lo peor,
su cobardía hecha tara,
un capullo y sin flor,
persona fea y rara,
que va arrastrando el rencor,
con esa envidia avara
que debe causarle un ardor.
Una cosa tengo bien clara:
no es difícil ser mejor
que un idiota dando la vara.
que no quiere dar la cara,
le agradezco su labor,
y no es que esté majara,
por mostrarme lo peor,
su cobardía hecha tara,
un capullo y sin flor,
persona fea y rara,
que va arrastrando el rencor,
con esa envidia avara
que debe causarle un ardor.
Una cosa tengo bien clara:
no es difícil ser mejor
que un idiota dando la vara.
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viernes, 10 de septiembre de 2010
EN CIRCULOS
EN CIRCULOS
Si es por dudas yo no tengo
palabras mudas que lleve el viento,
y si no puedo aún lo intento,
me confundo y no sé si vengo,
o es que ya he ido hasta el mismo sitio,
vagamundo en un pequeño círculo,
sin lametones ni adminículos,
ni pelos en la lengua de mis ripios.
Así soy yo, un puro vicio
de puertas sacadas de quicio,
de sangre quemando en las venas,
cuando, en un fatal descuido,
recuerdo que los pinchos van por fuera,
pero yo los llevo adentro,
y si me aprietas otro poco,
reviento hasta el mismo centro,
me hago pasar por loco,
y juego a sentir la vida
por cada poro de mi piel,
por cada luz encendida
de cada nuevo amanecer,
y por esa ducha, fría,
pa` espabilarme de una vez.
Y arrastro melancolías
desde mucho antes de ayer,
las guardo, son cosas mías
que me ayudan a aprender.
Si es por dudas yo no tengo
palabras mudas que lleve el viento,
y si no puedo aún lo intento,
me confundo y no sé si vengo,
o es que ya he ido hasta el mismo sitio,
vagamundo en un pequeño círculo,
sin lametones ni adminículos,
ni pelos en la lengua de mis ripios.
Así soy yo, un puro vicio
de puertas sacadas de quicio,
de sangre quemando en las venas,
cuando, en un fatal descuido,
recuerdo que los pinchos van por fuera,
pero yo los llevo adentro,
y si me aprietas otro poco,
reviento hasta el mismo centro,
me hago pasar por loco,
y juego a sentir la vida
por cada poro de mi piel,
por cada luz encendida
de cada nuevo amanecer,
y por esa ducha, fría,
pa` espabilarme de una vez.
Y arrastro melancolías
desde mucho antes de ayer,
las guardo, son cosas mías
que me ayudan a aprender.
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miércoles, 8 de septiembre de 2010
LOS GRITOS DEL CEMENTERIO
Entre los hastíados epítetos
que pueblan las bocas sucias,
a veces resuenan íntegros,
sin intereses ni argucias,
verbos que saben a intento,
gerundios que me emocionan,
hasta ponerme contento,
pensando que algo funciona.
No todo lo muerto calla,
sus gritos son diferentes,
acusan a los canallas
que esclavizan a la gente.
Y es un deber de los vivos
escuchar al cementerio.
Por eso a veces escribo
pa` criticar al imperio.
miércoles, 25 de agosto de 2010
INFRIERNAL
INFRIERNAL
Soltando volutas de humo,
sin caer en ningún vicio
distinto del que ya fumo,
ni sacar puertas de quicio,
balanceo mi buen culo
por los pasillos dantescos,
no es que me haga el tío chulo,
es que busco un aire fresco,
y si algún barco se aborda,
pa`l camino no hay más trabas
que sudar la gota gorda
junto al fuego con las habas.
En todas partes, dicen,
los de petete y refranero,
aunque no creo que ricen
los rizos del mundo entero,
que pa` decir chorradas
ya basta mi lengua larga,
sin que me falte de nada,
sin que me sobre carga.
Y así poquito a poco,
lleno hojas de un cuaderno,
haciéndome un poco el loco,
buscando frío en el infierno.
Soltando volutas de humo,
sin caer en ningún vicio
distinto del que ya fumo,
ni sacar puertas de quicio,
balanceo mi buen culo
por los pasillos dantescos,
no es que me haga el tío chulo,
es que busco un aire fresco,
y si algún barco se aborda,
pa`l camino no hay más trabas
que sudar la gota gorda
junto al fuego con las habas.
En todas partes, dicen,
los de petete y refranero,
aunque no creo que ricen
los rizos del mundo entero,
que pa` decir chorradas
ya basta mi lengua larga,
sin que me falte de nada,
sin que me sobre carga.
Y así poquito a poco,
lleno hojas de un cuaderno,
haciéndome un poco el loco,
buscando frío en el infierno.
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